jueves, marzo 01, 2007

Oasis

Los ojos se me cierran y trato de recordar.

Eran días soleados, mientras la gente cantaba alrededor de la nada. El desierto parecía de papel mientras me sonreías lento. Devolví la sonrisa que dedicaste, pero me era imposible igualar la ternura y la calidez que evocabas en cada segundo.
El ambiente estaba cálido y se sentía la espera de un algo o alguien. O que algo sucediera. Todo era expectante.

Ninguno de los allí presentes podía mirarme, para ellos no existía. Sólo tú devolvías mis miradas y sonrisas. Me sentía plácido y levitante, mientras tus pasos conducían hacia mis pies.
La infartante cantata de las voces que giraban cada vez con más fuerza y velocidad alrededor, hacían que todo fuése algo delirante.
De pronto ya estabas ante mí. Por última vez sentí nervios.
Todo se detuvo.
En tus ojos se dibujaban sueños que soñé de infancia. Pude volver a sentir olores y sabores, sin estar añejos y desgastados por el tiempo.
Quize caer y esperar cualquier cosa en el piso.
Mis piernas flaqueaban y mis nervios se desconectaban de lo que los mantenía a tono.
El sol ya no estaba y la oscuridad era completa. Sabía que estabas ahí, y no tuve miedo. Quería decirte que te amaba, más no podía hablarte. Mis oídos escuchaban nuevamente aquellos cantos ceremoniosos. De pronto, el silencio.
Un calor recorrió mi alma y sentí como si miles de voltios tocaran mi cuerpo. La sensación era indescriptible. Pareciese que hubiese pesado el triple y cayendo en picada en un foso sin fondo.
Supe que estabas conmigo. Supe que estabas ahí. Supe... que eramos uno, mientras me aferraba a la realidad.

Ahora observo el techo de la habitación y vuelvo a creer en esta irrealidad que vive conmigo, sin soltarme. Riéndome a carcajadas de un yo mismo distinto, que observa paso a paso como aquellos sueños pueden ser realidad.
Como esta vida puede calzar de manera casi perfecta los sueños y el tiempo justo, con los ojos perfectos y las miradas soñadas.
Doy gracias, mientras los ojos se me cierran y trato de volver a recordar.


Fernando Ubiergo - Un café para platón

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