Derrame cerebral
Las luces se apagaron una a una en aquella casa ahora fría y llena de odios. En su interior se respiraba la soledad y un dejo de nostalgia. Los gritos y golpes del día aún seguían ahí. Como sordos y mudos testigos de una evolución radical y duramente trágica.
Se prepararon maletas para aquellos que nunca más quisieron volver. Portando más allá de lo material, llenaban sus bolsos con lágrimas y sollozos que quién sabe si realmente eran de rabia, desconsuelo, pena o lástima.
Todos deseaban que con el alba, aquella casa se hundiera con todos los recuerdos que tapizaban de negro la madrugada estival.
Recuerdos. Recuerdos evocados de infancia en el que aquel hombre era el protector, amo y señor. En el que aquel hombre era un fiero protector de los sueños de futuro, con el que con sólo abrazarlo se sentía el latir de la sangre que se había de derramar ante amenaza enemiga.
Pero los astros tenían deparada una historia de persecución, hambre, frío e incertidumbre mientras las piernas de aquel hombre corrían entre las balas de aquellos con casco y metralla. Metrallas que años después ramificarían el comienzo de un futuro feliz a veces, combinado con la amargura del vivir. Amargura y soledad del vivir.
Aquellas mismas metrallas que resonaban en su cabeza mientras la demencia se lo llevaba a lo más profundo de sus sueños; en el que se escucharían una y otra vez desde las bocas de los siete, que ahora con sus crías se apresuraban a apuntarlo con el dedo índice... para humillarlo, y remecerlo desde sus tinieblas.
No hay vuelta atrás. No hay botón de apagado ni llave que detenga los actos y palabras de aquel día.
De aquel día que terminaba ahora con aquellos tres, saliendo desde la casa, guarida, cubil y hogar de muchos; con maletas bajo sus brazos, cargadas de los recuerdos del ayer y penas de un ahora agrio. Mientras apagaban a su paso, las últimas luces de la ahora inmensa y solitaria casa.
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